Informe Especial - Noviembre 2020

EEUU: Elecciones Presidenciales Trump vs Biden


En tiempos que hoy parecen muy lejanos, a principios de este año el presidente Trump se encaminaba sin mayores problemas hacia una reelección casi asegurada.

En efecto, la economía venía creciendo a buen ritmo y el desempleo se encontraba reducido a su mínima expresión en prácticamente el último medio siglo. Y, si bien es cierto que Trump había recibido de su predecesor Obama una economía que había logrado recuperarse de las más duras secuelas de la crisis subprime de 2008, también es verdad que ese proceso se vio fortalecido, especialmente en los dos primeros años, por decisiones adoptadas (no sin controversias) durante su administración. Más aún, el desempeño económico norteamericano -en términos de crecimiento y empleo- era mejor que el de otras economías avanzadas.

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Los factores determinantes de este comportamiento son variados y complejos. No obstante, conviene repasar algunas decisiones de política de la administración que influyeron en este proceso.

En primer lugar, durante el año inicial de su mandato, Trump obtuvo lo que sería el mayor logro legislativo en materia económica: hizo aprobar por el Congreso una importante reforma impositiva, que incluyó rebajas impositivas tanto para corporaciones como para individuos, que beneficiaron especialmente al segmento más favorecido de la población en la distribución del ingreso.

Por el lado del gasto, la administración incrementó el gasto destinado al presupuesto de defensa, pero -cabe destacar- también se resistió a llevar adelante recortes de los fondos destinados a programas sociales, como Medicare y otros.

De esta manera, dejó atrás el tradicional discurso del partido Republicano relativo a la prudencia fiscal (machacado hasta el hartazgo cuando se encuentra en la oposición) y legitimó un déficit público del gobierno federal que trepó hasta un nuevo nivel en tiempos de paz. La posibilidad de financiarlo con colocaciones de deuda a tasas bajísimas facilitó este proceso.

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No fue el único aspecto donde se alejó del dogma que previamente había caracterizado a los conservadores. Mediante una política comercial agresiva, abandonó en cierta medida la globalización y la colaboración multilateral y apostó por negociaciones bilaterales. Primero renegoció el NAFTA (ahora llamado USMCA), incorporando nuevos requerimientos de origen para las autopartes, reguló el comercio digital para garantizar el acceso a mercados, y elevó las protecciones laborales. Luego adoptó dosis elevadas de proteccionismo -embarcándose en una confrontación comercial tanto con China como con otros países aliados, mediante la imposición de aranceles aduaneros extraordinarios Esos enfrentamientos comerciales repercutieron más allá de sus fronteras. En efecto, incrementó la incertidumbre, lo que afectó negativamente al crecimiento global.

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Adicionalmente, para asistir a los fabricantes locales de bienes, debilitó a diversos organismos de control como la EPA (la agencia de regulaciones medioambientales) y derogó regulaciones para beneficiar a las industrias extractivas de carbón y combustibles fósiles.

Entre estas últimas disposiciones resalta el relajamiento a los límites previamente establecidos para las emisiones de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero provenientes tanto de las plantas de generación eléctrica como de ciertas unidades de transporte (particularmente, los estándares de eficiencia energética establecidos para automóviles y camiones livianos). También se relajaron las restricciones legales sobre las emisiones de metano durante el proceso de fracking por parte de los productores no convencionales de hidrocarburos. La contribución de la producción no convencional le permitió a Estados Unidos se convertirse en el mayor productor mundial de petróleo, revirtiendo su balance deficitario de décadas.

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En el plano monetario, en 2018 nominó a Jay Powell para encabezar la Reserva Federal, quién se mostró idóneo para el cargo a pesar de las presiones provenientes del propio presidente (¡públicamente!) para influir sobre el manejo de la tasa de interés de referencia. La escasez de presiones salariales significativas percibidas en este período ayudó a contener la inflación en niveles casi nulos.

Como resultado de todo ello, la economía se encontraba en una posición de franca fortaleza antes de la irrupción de la pandemia.

1. La Peste

La pandemia provocada por el surgimiento del Covid-19 resultó en una crisis como ninguna otra. Como comentamos en el Informe anterior, tuvo alto impacto de corto plazo: la economía se contrajo fuertemente y las medidas de confinamiento elevaron nuevamente la tasa de desempleo hasta los dos dígitos. Parafraseando a Paul Krugman, la economía había sido medicamente inducido en un coma y se requerían ingentes esfuerzos para sacarla de dicha situación.

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Tanto la FED como el Tesoro (con acuerdo del Congreso) se mostraron dispuestos a adoptar políticas contracíclicas muy significativas, tendientes a mitigar los efectos de la recesión. Tanto la baja de tasas como el programa de compra de activos financieros por parte de la autoridad monetaria resultaron exitosos en facilitar el financiamiento de las firmas durante la crisis del Covid-19. Por su parte, el programa de estímulos aprobado por el Congreso (CARES Act), que combinó la ampliación y extensión de los programas de desempleo, subsidios a las familias y financiamiento para pequeñas y medianas empresas coadyuvó a sostener -en la medida de lo posible- el gasto de los consumidores.

No obstante, los números del segundo del segundo trimestre -al igual que en otras economías avanzadas- reflejaron una fuerte caída, pero no una catástrofe. Entre abril y junio de este año la actividad económica se retrajo en un 9%. El tercer trimestre, más cercano a la elección luce más promisorio. Datos recientes estiman la recuperación en 7.4% desde el valle registrado en el trimestre inmediato anterior y ubican al nivel de actividad todavía un 3.5% por debajo del nivel pre-pandemia. Se observan especialmente una mayor producción de bienes y una mejora en las ventas minoristas, así como una mayor demanda de servicios públicos.

De continuar esta tendencia -sin nuevos mayores contratiempos provenientes de la pandemia (o de las elecciones, que lucen tumultuosas)- es probable que el año finalice con una contracción levemente por debajo de los 4 puntos porcentuales, en comparación con el año anterior. Por su parte, la recuperación del empleo se ha desacelerado y todavía existe una gran cantidad de individuos -especialmente en empleos menos calificados- no ha logrado exitosamente reinsertarse en el mercado laboral (ni es probable que logre hacerlo en lo que resta del año). Después de haber trepado a los 14.7% en los peores meses de la pandemia, el desempleo urbano se ubica actualmente en 7.9% -muy lejos de los bajos registros señalados antes- y es probable que se encuentre alrededor del 7.3% hacia fin de año si se logra evitar un nuevo agravamiento de la pandemia .

Ese es, entonces, el contexto económico en que se llega a las elecciones.

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2. ¿Programa o vamos viendo?

Si bien las promesas electorales suelen ser, por lo general, poco precisas y las plataformas en las que se apoyan bastante difusas, en esta ocasión ni el presidente Trump ni su partido han ofrecido al electorado una nueva agenda para analizar. Específicamente, se ha reiterado la plataforma ya aprobada en 2016, sin establecerse nuevas prioridades en materia económica para un eventual segundo mandato. De esta manera, la oferta que se somete al juicio del electorado se reduce a las fortalezas y debilidades de la gestión realizada. Y si llegara a ganar la reelección, la agenda para los próximos 4 años será la que marque el propio Trump en cada momento del tiempo.

Por su parte, Biden, su contrincante por el lado Demócrata, se beneficia más por el rechazo al actual presidente que por la claridad de su enfoque económico. En efecto, el candidato ha tenido que revisar sobre la marcha alguna de sus posturas anteriores (o las que había sostenido últimamente su partido) para llevar adelante su campaña presidencial. De todas maneras, su propuesta parece estar más elaborada o detallada que la presentada por el presidente en ejercicio. En materia económica, su propuesta incluye alguna dosis de política industrial, al prometer más apoyo en investigación y desarrollo con el fin de motorizar la innovación. También ha prometido cambios parciales a la estructura impositiva promovida por Trump, reduciendo los recortes introducidos por la reforma. En cambio, no se prevén grandes cambios en materia comercial.

Es interesante notar como el candidato ha retomado elementos de proteccionismo que su partido habían abandonado anteriormente. Finalmente, también ha debido enfatizar su posición respecto a la política energética, la que se ha convertido en un punto central en la pelea electoral debido a la importancia de esta en estados en disputa, como Pennsylvania. Biden, que en caso de ganar piensa llevar adelante una ambiciosa iniciativa favorable a la transición energética y, de ese modo, contribuir a contener los efectos perniciosos del cambio climático, ha debido enfatizar más de una vez que seguirá permitiendo la práctica del fracking en la explotación petrolera.

3. Conclusión

Estos Unidos se encamina hacia una nueva elección presidencial, sólo que esta vez lo realiza en circunstancias completamente atípicas. En materia económica, el sendero de crecimiento sostenido que caracterizó a la última década chocó con la aguda recesión provocada por la pandemia del Covid-19, debilitando las posibilidades de reelección del actual mandatario.

Su contrincante, Biden, se beneficia del rechazo que origina la figura del presidente. Ha prometido revertir la reforma impositiva y avanzar en una agenda de infraestructura verde. Pero es muy probable que no pueda restablecer el orden comercial anterior, dado los lazos de su partido con los sindicatos y miembros del Congreso con menos apego al libre comercio.

La economía ha comenzado a recuperarse, pero todavía hay un elevado nivel de incertidumbre respecto a la futura evolución de la pandemia, ya sea por el lado de su duración, ya sea por las medidas que podrían ser necesarias para enfrentarla ante un eventual agravamiento sanitario a medida que se acerca el invierno boreal o respecto a la aparición (y aplicación) de una vacuna. En todo caso, cualquiera sea el resultado, el ganador debería enfocarse prioritariamente en un programa que contribuya a consolidar la recuperación.

Para los agentes económicos, sin embargo, el peor resultado es el de la indefinición. Esto es, una elección impugnada que termine en las cortes por un tiempo prolongado, incrementando la incertidumbre. Dados los antecedentes, esa situación no puede descartarse. Esperemos, sin embargo, contar con un claro ganador el próximo martes por la noche.

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