Enero 2017

Monitor Macro

2017: Gradualismo vs Proselitismo

El Gobierno dedicó su primer año de gestión en cambiar radicalmente el rumbo económico, y quitar la proa de la macro que apuntaba temerariamente a Venezuela. Desde el primer día se dedicó a desregular mercados y abrir la economía, además de eliminar las restricciones, cupos e impuestos distorsivos que impuso el gobierno saliente.

Se quitaron los controles de cambios y del comercio exterior, se aumentó parcialmente las tarifas de los servicios públicos, y se dejó sin efecto todos los controles de precios. Se volvió a los mercados financieros tras 15 años en default y se recuperaron instituciones básicas como las estadísticas públicas, el presupuesto fiscal y un programa monetario, además de una agenda internacional alineada nuevamente con los intereses de occidente.

El 2016 cerró con una caída del 2,5% del PBI y una inflación del 40%, que fueron las esquirlas de liberar una economía cerrada y con notable inflación reprimida. El cambio de rumbo de Argentina fue elogiado por países miembros de la OCDE., y por organismos internacionales como el FMI, entre otros.

Ahora bien, pese a los logros del gobierno en sincerar la economía sin una crisis, vale advertir que emerge el peso del deterioro macroeconómico que se gestó los últimos años. El 2016 cerró con un gasto público superior a 40% del PBI, y con un déficit consolidado sin blanqueo que sigue en 7% del PBI (6 puntos corresponden a Nación y 1 a provincias).

En el frente externo, la reaparición del déficit energético devoró todo el saldo comercial, sin dejar margen para financiar ni el turismo, ni el pago de utilidades, ni el servicio de la deuda. Todo ello se resume en un déficit en la cuenta corriente del balance de pagos de 3% del PBI. La nueva administración financió los déficits heredados colocando deuda externa a tasas todavía elevadas, evitando una mayor caída de la actividad.

Gradualismo vs Proselitismo

Luego de volver a una economía de mercado y reinsertar a la Argentina en el mundo, ahora las expectativas privadas se centran en discernir cuál será la estrategia oficial que permita reducir los déficit fiscal y externo heredados. Esta estrategia será crucial para lograr una menor necesidad de financiamiento externo y converger a una dinámica económica sostenible en el tiempo. Indispensable para evaluar escenarios de inversión a largo plazo que necesitan privados.

Pero los inversores también estarán atentos a las elecciones legislativas, para saber si la sociedad argentina realmente se quiere sumar a la globalización, o existen riesgos que se vuelva a insistir con recetas anacrónicas, que ya no tienen cabida en el siglo XXI.

Pero aún si el Gobierno logra convencer a los mercados de que su gradualismo no perderá fuerza ni se desdibujará en un año electoral, e incluso si logra salir victorioso de las elecciones de medio término, igualmente hay sectores claves que para atraer inversiones necesitan un marco regulatorio aggiornado a las nuevas tecnologías y estándares internacionales, principalmente en energía.

Las inversiones de probeta que se hicieron en vaca muerta, muestran una sorprendente productividad. Pero todavía falta una legislación con reglas claras que especifique las prácticas para reducir los riesgos ambientales y condiciones de mercado que asegure la exportación de la producción, sin cupos ni retenciones, libre movilidad de capitales y que el precio interno de la energía converja rápidamente al precio internacional. Una legislación simple y clara atraerá inversiones y evitará nuevas "cláusulas secretas" a espaldas de la sociedad.

La llegada de las inversiones extranjeras en magnitud, recién podrían llegar cuando se develen estas tres incógnitas. Mientras tanto, en 2017 la economía podrá crecer cerca de un 2,1%, dado que la menor inflación dejará espacio para una recuperación del salario real como de la inversión residencial. Las exportaciones podrán mejorar, pero no serán el driver en 2017, y las inversiones extranjeras estarán a la espera de las condiciones antes descriptas.

La política fiscal mejorará su eficiencia, pero no hay margen para ser expansivo, no si se quiere convencer por una dinámica sostenible y cumplir lo pautado en el presupuesto. Lo mismo el BCRA, que por primera vez en la historia está dejando flotar la moneda y no apela al atraso cambiario para estimular el consumo en año electoral, al costo de rifar todo el trabajo de reputación cosechado.

Un crecimiento de 2,1% en 2017 puede que suene a poco si no se recuerda desde donde se parte, pero será genuino y no apoyado en medidas populistas de corto plazo que sin duda se pagarían caro en el 2018. En definitiva, si Argentina le quiebra el saque al populismo en un año electoral, tiene todas para ganar en 2018.

A principios del siglo XX Argentina llegó a ser uno de los países líderes del crecimiento mundial. Pero despedimos ese mismo siglo bien cómodos en la categoría de "economía emergente". En pleno siglo XXI, mientras países apostaron a la pujante globalización, nosotros apostamos a las recetas del pasado, lo que nos llevó a un nuevo fracaso y bajar nuevamente de categoría, ahora a "economía de frontera". Argentina está frente a una oportunidad histórica para quebrar su ciclo de decadencia económica. Dejar de inventar sus propias reglas y tan sólo caminar por el pasto pisado que dejaron los países exitosos que hace rato se sumaron a la globalización.

Columna publicada en Clarín 08-01-2017

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